Andrés Manuel López Obrador, ¿realmente es un peligro para México?

Andrés Manuel López Obrador, ¿realmente es un peligro para México?

“Esa pregunta sale sobrando…¡claro que es un peligro para México!”, me podrá decir usted amigo lector. Pero perdón por la insistencia (o la necedad, como prefiera llamarle), pero repito la pregunta: ¿realmente es un peligro?

Insisto porque hace tiempo hice una investigación para publicar un libro. Me di a la tarea de averiguar el perfil de 100 líderes populistas a nivel mundial. Y déjeme decirle que al menos lo que yo encontré, fueron algunos resultados sorprendentes. En primer lugar, es verdad que todos los líderes populistas comparten características comunes.

Los puede uno identificar fácilmente: son por lo regular, buenos oradores. Hábiles manipuladores, se especializan en el manejo de las emociones.

Conscientes de que el famoso “voto razonado” es privilegio de una muy delgada franja de votantes que la mayoría de las veces no llega ni siquiera al diez por ciento del padrón electoral en una democracia, se dedican a aventar dardos muy precisos al corazón de los electores para explotar sus miedos; al estómago para explotar sus necesidades y al hígado para explotar sus resentimientos.

Son hábiles para despertar ó apelar a los grandes sueños de pueblos desesperados. “Acabar con la corrupción”, “terminar con los privilegios de la clase gobernante”, “empleos bien pagados para todos”, “el fin de las desigualdades sociales”, “una nueva era donde reinará la Paz y la felicidad” son algunas de las promesas que nunca faltan en su catálogo de fantasías… lo increíble es que muchos les creen. Miles dan por hecho que al llegar al poder, esas utopías se convertirán en realidad.

También actúan en consecuencia para conectarse con el hombre de la calle, con el ciudadano de a pie: “voy a vender el avión presidencial”, “voy a predicar con el ejemplo de la austeridad”, “no viviré en Palacio Nacional, lo voy a convertir en museo”. Y el día de la toma de protesta (particularmente los populistas latinoamericanos), abren las puertas del recinto para que entre el pueblo sin apartar lugares especiales a políticos prominentes, legisladores o a cualquier otro personaje, sea nacional o extranjero. Al fin y al cabo son los legítimos representantes del pueblo y tienen que demostrarlo.

Atacando a las élites (“la mafia del poder”), fomentan el encono, la división entre clases sociales; amenazan con echar abajo las reformas estructurales que aprobaron gobiernos “neoliberales” o de derecha anteriores a ellos, culpando a esas reformas de cuanta injusticia o desgracia económica enfrenta el país; amenazan también con medidas proteccionistas para proteger a la industria nacional de la salvaje competencia y la globalización; no pocas veces califican al Presidente de los EU como representante del Imperio que los tiene sometidos, poniéndole la etiqueta de “enemigo público número uno”.

Ya en el poder, buscan afianzarse a como dé lugar: se enfrentan y censuran a la prensa, van poco a poco minando la independencia de los otros poderes, crean (con el pretexto de combatir la inseguridad) una Guardia Nacional con militares de élite bajo sus órdenes directas y a su servicio, y casi todos los populistas lo intentan, aunque no todos lo consiguen: convocan a un Congreso Constituyente para cambiar las leyes y tratar de reelegirse, así como una nueva Carta Magna para tener Constitución a modo.

A estas alturas, si usted ya estaba asustado con el perfil de un populista, quizá se encuentre más. “Lo dicho: los populistas son un desastre!” me podrá decir usted. Y si, efectivamente, hay casos extremos, dolorosos como el de Hugo Chávez en Venezuela, el “Loco” de Bucaram en Ecuador, o Daniel Ortega en Nicaragua que destrozaron a sus países con su tóxico estilo de gobernar.

Ojo: dije casos extremos, porque poco más del 90% de los perfiles que estudié, arroja que el líder populista, ya instalado en el poder, se corre hacia el centro y muchas de sus grandes amenazas, aquellas que más atemorizaron a las élites, que entusiasmaron a las masas, las más peligrosas, quedan en el tintero, en el olvido.

Dos ejemplos contundentes: Donald Trump en campaña prometió crear una fuerza de deportación masiva capaz de expulsar a 10 millones de inmigrantes.

De llevarlo a cabo, se convertiría en uno de los presidentes más temibles en la historia de los EU en esta materia. El récord lo tiene Eisenhower con 13 millones de expulsados en su mandato (lo que da un promedio anual de un millón 600 mil), y el que menos Obama con 2 millones 800 mil durante su gestión (lo que da un promedio de 350 mil por año).

Usted recordará el temor que provocó “Donny” (como le dicen sus allegados) con sus amenazas. Algunos pintaron escenarios catastróficos para México.

Verdaderas historias de terror, pero a la fecha de escribir éste artículo (25 de mayo de 2018), los especialistas se preguntaban qué había sucedido con tan formidable amenaza, pues al paso actual, según datos duros, Trump lleva menos inmigrantes expulsados que Obama en el mismo lapso de gobierno (16 meses) lo que lo podría convertir (si no cambia la tendencia), en el Presidente que menos habrá expulsado inmigrantes en la historia de la postguerra de los EU.

Bien lo dijo el propio Andrés Manuel López Obrador, avanzada la noche el día de la victoria de Donald Trump en un video que circuló en YouTube: “no se asusten…no le tengan miedo…una cosa es andar en campaña y otra muy diferente es estar en el poder, en funciones de gobierno”.

Otro caso es el de Lula Da Silva en Brasil quién se convirtió en una auténtica pesadilla para los gobiernos en turno y que llegó al poder al cuarto intento. Resultó ser un gran promotor de huelgas, movilizaciones y cierres callejeros; prometió educación gratuita y acceso a las universidades públicas para todos; estatizar industrias; reducir la jornada laboral sin bajar salarios entre otras propuestas consideradas como descabelladas por las clases dominantes, los medios de comunicación e importantes académicos.

Le declaró la guerra al neoliberalismo; elogió y se exhibió en público con el dictador cubano Fidel Castro…en fin, espantó a las élites. Cuando su victoria fue inminente, se presentó una gran fuga de capitales en Brasil que devaluó la moneda, provocó un crack en la Bolsa de Valores y la aparición de versiones por parte de banqueros, inversionistas y analistas de que vendría una grave crisis económica…el colapso, pues.

Aún así Lula gana por una diferencia de 23 puntos porcentuales en la primera vuelta, y en la segunda se convierte en el presidente más votado en la historia electoral de Brasil. El día de la victoria (27 de octubre de 2002) se desató un auténtico carnaval en las calles. Miles de brasileños querían acercarse, tocarlo, besarle la mano.

“Ahora sí tenemos un gobierno popular”, “Brasil despertó”, “Brasil ha votado por el cambio”, “La esperanza ha vencido al miedo”, se escuchaba por todas partes. Pero ya en funciones de gobierno, ni echó atrás las reformas estructurales, ni los acuerdos de libre comercio, ni estatizó industrias…se corrió hacia el centro.

Es más: la primera llamada de felicitación que recibió a su celular de un personaje extranjero tras su victoria, fue la de George Bush, el presidente de los EU quién lo invitó a cenar a la Casa Blanca el 30 de diciembre de 2002. Qué ironía: como lo decía él mismo en campaña, Lula “recibió el beso del diablo” y en la mismísima capital del Imperio: Washington.

Fue entonces cuando David Konzevik, economista argentino de prestigio internacional, acuñó la célebre frase (atendiendo al caso de Lula y de otros más como Fujimori ó Menem) de que “En un mundo globalizado, el poder es como un violín: se toma con la izquierda, pero se toca con la derecha”.

¿Cuál es mi conclusión respecto a AMLO? Tomando en cuenta su gestión como Jefe de Gobierno del DF y sus antecedentes, mi análisis arroja que su perfil encaja mucho más con el de un tipo como el de Lula Da Silva y no como el del loco de Hugo Chávez. Mi expectativa es que si llega a la votación con una ventaja de más de 5 puntos porcentuales, ya nada lo detendrá. Se podría convertir en el presidente más votado en la historia electoral de nuestro país, lo que desatará el júbilo de sus seguidores en las calles.

Si esa victoria de AMLO es inminente, el viernes 29 de Junio de 2018 el dólar podría rebasar los 22 pesos y en un caso extremo, llegar a los 23 por el miedo y una especie de esquizofrenia que se presentará en los mercados financieros, pero una vez electo, igual que Lula, negociará con las élites y tratará de calmar el nerviosismo de los inversionistas, lo que podría provocar que se revalúe el tipo de cambio y llegue a niveles cercanos (al menos por un momento), a los 18 pesos por dólar a mediados del mes de agosto.

Espero no equivocarme, pero no creo que venga un colapso económico para México en caso de que gane Andrés Manuel López Obrador.

Terremoto político en todo su sexenio sí, definitivamente a mi parecer sí, porque otra carácterística de líderes populistas es que se trata de personas que acumulan profundos resentimientos a lo largo de su carrera. Y el resentimiento con poder, resulta ser una combinación muy explosiva que suele terminar en enfrentamientos, en conflictos con muchos actores.

Pero en materia económica, definitivamente para mí, ningún desastre. Como lo refirió Enrique Quintana, columnista de “El Financiero” el viernes 25 de mayo:

“Un integrante de su hipotético gabinete me decía: Andrés tiene perfectamente claro lo que significa la campaña y lo que es el gobierno. Y sabe que los planteamientos de la campaña allí se quedan. Él es un perfecto pragmático”

Así es que, para mí amigo lector (no tungo ninguna duda), AMLO, con tal de llegar a Los Pinos y sentarse en la silla presidencial, igual que en las telenovelas, ha creado un personaje. Tal y como lo crearon en su momento, Lula Da Silva y Donald Trump.

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